Aún recuerdas la cocina de tu infancia? ¿Quién no, verdad? Yo recuerdo bien la de mi casa y conservo muy gratos recuerdos de ella. Esa primera cocina es para mí fundamental para nuestro desarrollo humano en esta sociedad moderna. Fue en ella donde seguramente tus más gratos recuerdos fueron generándose, poco a poco y día a día. Apuesto que pasabas rutinariamente por ese espacio único y especial de tu casa para mirar lo que cocinaba tu mamá, y me puedo imaginar que te pegaban el mismo grito que a mí por dejar la nevera abierta o por no desechar a la basura el cuartillo de leche que había terminado.

Uno de mis más antiguos recuerdos fue una ocasión en que crucé el pasillo de mi condominio y me aventuré a visitar la cocina de mis vecinos, los Casalduc. Los recuerdo bien. En aquel momento tendría 3 ó 4 años de edad, apenas un piojito curioso.

“Esto es un pimiento morrón.” Así lo narraba la señora Casalduc, que ya estaba muy entrada en la tercera edad, dándome la espalda mientras abría una lata del mencionado vegetal. Y yo me encontraba sentadito, con mis brazos sobre la mesa, escuchando a la señora describir minuciosamente las propiedades maravillosas que poseían aquellos pimientos. ¡Dios mío, qué olores!, y qué fuerte y agradable sensación! Aquellos olores del sofrito, con el ajo y el cilantro, arropaban por completo la cocina de la viejita y combinaban con los sonidos banales de la cuchara cuando daba cantazos sobre el borde del caldero. Recuerdo que los olores, los sonidos y el reflejo de la luz sobre el rocío de la media mañana, creaba un verdadero kaleidoscopio de sensaciones para mí, un niño que apenas era un bebé glorificado que acababa de salir de las compotas. Y qué linda aquella señora que se tomaba la molestia de hablarme sobre algo que entonces yo no entendía pero que entre medio de todas aquellas experiencias sensoriales, me hizo continuar mi exploración de aquella cocina que para mí era una total incógnita.

El guiso que la señora preparó aquel día ya es historia y los Casalduc pasaron a mejor vida, pero aquel sencillo detalle de educar a un nino pequeño apenas en formación, caló profundo en mí. Su explicación no fue en vano, ni tampoco fue rechazado por oídos distraídos. Esa es parte de mi vida y de mi formación, tal como lo es la cocina para mí: la molécula esencial de mi razón de ser.

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!Ahhh, el arte del buen comer! Qué bueno es cuando llega el fin de semana cuando ya uno está harto de cocinar y de fregar, que lindo ese “feeling” que uno tiene cuando ya son las tres de la tarde del viernes, con el cheque ya depositado en la cuenta y sabes que vas a salir a comer a la calle. Qué bueno es saber que alguien va a cocinar y recoger por tí, que un profesional te va a atender a la mesa y lo único por lo que te tienes que preocupar es de hacerlo correctamente cuando estés allí.

Ya son las seis de la tarde y te metes a la ducha, te bañas y te refrescas. Ahhh!!! Como aquel anuncio de “Rexona”, (tan bueno y refrescante!), te secas y vas hacia el closet, te tiras las telas porque ya estas harto de lucir como un pordiosero toda la semana, te perfumas te pones como un muñeco de “Disney”. Esperas por tu pareja y te aventuras a buscar un restaurante. Esta noche buscas ese sitio especial, tal vez fue el que te recomendaron, o tal vez fue aquel que leiste en la reseña del periodico mientras te sentabas encima de tu estatua de porcelana blanca esta misma mañana.

Finalmente llegas al valet parking y con esta única cara de Steve Austin entregas tus llaves al muchacho del valet, le agarras la mano a tu pareja y comienzas a subir las escaleras hacia el restaurant, con la frente en alto y con el pecho mas inflao’ que una paloma, pareces como si te fuera a recibir la Reina Isabel. Finalmente te abren la puerta y te das cuenta que no fuiste el único ser brillante que se le antojó venir a este restaurant. Miras a tu alrededor y está lleno de familias sentadas esperando por una mesa. Rápidamente piensas: «Qué jodienda! con el hambre que yo tengo!» Pero nada, te quedas ahí parao’ como un soldado, poniendo cara de VIP, pacientemente hasta que llegue la hostess. Te pones a mirar el Blackberry por eso de que te vean como tipo importante y ocupado.

Al fin llega la hostess: «Buenas noches, cuantos son?», sin sonrisa, porque si quieres sonrisa te cobran y encima te cobran el IVU ! Así que uno simplemente dice: «Dos!» «Síganme por aquí». Woo-hoo, estamos de suerte! Le pasamos por encima a medio mundo que estaba esperando. Eso es lo bueno de no andar ni con nenes ni con la suegra. Entramos por el salón principal y ahí está todo el mundo mirándote. Te examinan de arriba a abajo, pasándote inspección. Finalmente cruzamos al otro extremo del restaurant y ahí nos llevaron a la peor mesa que pudieron encontrar, la que hace esquina con la puerta de la cocina y cerquitita del baño de las mujeres. Y que no se te ocurra preguntar si hay otra porque te mandan a freír esparragos, el sitio esta lleno hasta las tetas y te vas a tener que quedar ahí mismo sentadito. En ese momento te comienza la ansiedad y las ganas de largarte a un chichorro a pedir una alcapurria bien grasosa y a comer parao, feliz de la vida.

Llega el mesero y sin ningún tipo de contacto visual te dice: « ¿Buenas noches, qué desean tomar? Y me pregunto a mí mismo cómo carajo voy a saber si me acabas de dar el menú ! Yo no se si a ustedes les pasa pero a mí sí: te envían el mesero que habla bien bajito y como una maquinilla, especialmente si le preguntas que cerveza tiene. El tipo comienza: « Tengo Medalla Bud^#*, !@##$%, zzzzzzzzzzz, rapidito, como si fuera una competencia de velocidad o se fuera a acabar el mundo ! Casi siempre terminas ordenando la única que entendiste. Regresa el mesero con los tragos que pediste, que por lo regular invierten la orden y termina uno intercambiando los vasos, pero bueno, eso no es nada, no es nada comparado a la “pastelera” que está sentada justo detrás tuyo con el grupo de quince personas celebrándole el cumpleaños a no se quién. Ahí sí te jodiste porque ella ya está en el séptimo whisky con hielo y le entró el guille de comediante. Y es que hay seres humanos que tienen unos timbre de voz bien desagradables y la pastelera es una de ellas, o peor aún, es que no se calla! Ahora el de la mesa del lado cogió el teléfono y parece que le está hablando a su madre que es sorda, coño, que duro habla el tipo!

Al mismo momento mi compañera me señala a una chica que está de espalda con una blusa amarillo pollito y unos mahones bien apretaos que se le ve la raja del culo, ja!, que espectáculo!! Mi mesa tiene vista al Gran Cañón del Colorado!.

Pero aquí estamos y parece que sigo limpiando karma de todas las fechorías que habré hecho en otra vida, que «afortunado» soy!

Finalmente llegan los platos y comenzamos a comer aunque todavía estoy pensando en los jodios bacalaítos! Trato de finalmente comenzar a disfrutar mi comida cuando arranca un condenao’ nene a llorar a to’ pulmón. Pero me cago en la p*^% que me parió! ¿Qué es esto, el circo del payaso Pilín? Lo peor de todo es que los progenitores actúan como si no pasara nada.

Les voy a decir algo; nosotros los latinos nos llevamos el galardón de tener los nenes más realengos en la mesa. !Qué mala costumbre!

Finalmente es hora de pedir la cuenta. Esto es lo mas rápido que llega, como siempre! Al mirar la cuenta me recuerda a una planilla de contribución sobre ingresos: un tax pa’ los vagos, un tax pa’ Santini y otro pa’ Fortuno, y que viva el mantengo!

Sí señores, el comer es un placer y no quiero sonar del todo negativo. Todo tiene que ver con la luz con que lo mires, porque ésta puede ser tanto una experiencia positiva como una negativa, así que mi mensaje a todos es: !Buen provecho y que lo disfruten!

© 2010 Mauricio Jimenez

Creo que todos en esta vida llevamos recuerdos de algún personaje inspirador, un héroe, esa persona que nos alumbra y gana nuestra genuina admiración. Ese es aquel personaje que nos traza el camino, aquel héroe que nos hacía emular sus pasos, pegar sus afiches en una pared o leer todos sus libros. En el campo culinario ese personaje podría ser una Julia Child, un Wolfang Puck o un Jacques Pepin, pero en mi caso este personaje fue “Chef Boyardee”. Y usted se preguntará, ¿Qué carajos tiene que ver Chef Boyardee en todo esto? Más aún, ¿Cómo se puede anexar la palabra «Chef Boyardee» con la palabra “inspiración” en la misma oración? La respuesta puede que sea muy simple pero ésta conlleva una historia.

A mi, como a cualquier otro hijo de vecino me gustaba comer bien desde niño, pero ese era un placer sólo reservado para aquellas ocasiones especiales cuando mis padres me llevaban a comer a un restauran. Mi madre no era devota de la iglesia de la buena mesa, pobrecita… y es que fue criada en la escuela de la noción que, cocinar y destapar un inodoro son la misma cosa.

Mis padres se separaron cuando yo apenas tenía 6 años y mi madre trabajaba a tiempo completo. Mi escuela era una de esas que no tenía comedor y por ende me tenían a son de papitas con refresco. Yo regresaba a mi casa “esmayao”, y mi madre? trabajando! Recuerdo que dejaba mis libros sobre la mesa y me aventuraba a la cocina. Al abrir la alacena ahí estaban; en formación perfecta y colocadas en secuencia, como una pintura de Andy Warhol: una hilera de latas con la cara de ese viejo cabrón; ¿y quién carajos se come esto? me preguntaba yo con el volumen de un murmullo. Mis opciones, pocas y repetitivas, eran tan placenteras como una enema de agua fria. Pero como dicen que la necesidad es la madre de la invención, me dediqué a explorar y experimentar con los comestibles que a mí me parecían ser frescos y seguros. Sin saberlo, así fuí marcando mis primeros pasos, esos que fueron emprendiendo mi travesía culinaria, o tal vez la puedas llamar una cruzada, una cruzada en contra de la comida en cilindros y las albóndigas misteriosas.

Ah! pero aquí le dejo un mensaje a Mr. Boyardee; por muchos años me tuviste como a Dustin Hoffman en Papillon y muchas veces me ví por el risco pa’ bajo, pero saqué valentía y te patié los huevos, agarré el abridor y lo arrojé al mar. Maldito viejo diabólico! No olvido tu crueldad porque me hiciste daño pero también me hiciste fuerte y sacaste lo mejor de mí. Pero quedarás olvidado, al lado de las “Chunky” y compartiendo celda con las “Prego” de pote, cogiendo polvo en aquel viejo y asqueroso anaquel de supermercado.

Aún recuerdo la primera vez que cociné algo, y ha llovido mucho desde entonces. Recuerdo que era niño cuando escuché a alguien hablar sobre el famoso “huevo pasao’ por agua”. La primera vez que lo escuché, la frase se quedó grabada en mi mente y me llenaba de curiosidad. Semanas después de escuchar aquella frase y luego de debatir conmigo mismo si lo intentaba hacer o no, decidí darle una oportunidad a ese misterioso y ya famoso “huevo pasao’ por agua”. Mi lógica infantil me decía que sólamente necesitaba dos elementos: agua y un huevo. Comencé a hervir el agua, rompí la cáscara y tiré el huevo en aquella caserola. No era de esperarse que el albúmen estuviese flotando como una telaraña en perfecta formación. Aquello parecía un verdadero desastre ecológico a pequeña escala. Y ahí estaba yo, con mi cara sumergida entre los vapores que emanaba la caserola mientras pensaba: “¿ Qué carajo es esto?” En ese momento sentí una presencia extraña sobre mi hombro derecho. Sorprendido y un tanto nervioso me giré a ver qué era; eran mis dos hermanas obsevándome, calladas y de brazos cruzados. Ambas tenían dibujada en sus bocas una media sonrisa, un tanto malévola por cierto, y me preguntaban: “¿ Qué es lo que haces?” Inocentemente les respondí: “Un huevo pasao por agua!” Lo próximo que sentí fue una explosión de risas y carcajadas que retumbaban en mi cabeza y alrededor de aquella rectangular cocina. Ahí quedé yo, mirando hacia arriba mientras mis hermanas corrían con sus carcajadas a contarles a todos sobre mi “faux-pas” culinario. Yo las seguía con la vista, sin idea de lo que había sucedido y seguía dándole la espalda a la caserola que ya había quemado lo que quedaba de yema. Demás está decirles que éste fue tema de conversación familiar por muchos años y provocador de muchas más burlas y carcajadas. Al menos ese día aprendí mi lección; que ya no recuerdo cual es,(!), pero sí les puedo decir que hoy en día puedo apreciar el valor de una receta,
Ah!,y casi se me olvida compartir que lo que hice ese día no estaba del todo mal porque ese proceso se llama un “Poached Egg”. Así que a mis hermanas les digo hoy en día que si no se hubiesen reído tanto tal vez les hubiese confeccionado unos “Eggs Benedict”. Ahora me río yo! Ja!

Puede que sea el capricorniano en mí, que me hace tener siempre ese insaciable deseo de crear, de observar, de abrazar y de absorber cada metro cúbico de experiencia. Me comporto en la vida tal y como si fuera a prepararme para un examen final, estudiando y buscando más y más información sobre todo aquello que me llama la atención.

Y sí, yo era aquel niño gordito, bajito y siempre muy reservado. Era aquel que solía sentarse en la ultima fila, el soñador. El que miraba por la ventana desde aquel viejo pupitre, siempre callado, y que silenciosamente analizaba los compañeritos de clase. Ese niño fué progresivamente convirtiéndose en un observador que, a medida que pasan los años, ha ido tornándose más y más analítico.

Tal y como si fuese una esponja, mi mente absorbía todas aquellas gotitas de experiencia y de vida, que hasta hoy día guardo celosamente en el fondo de mi subconsciente. Pero luego de tantos años de vida, esa esponja está a punto de estallar y ahora necesito contar historias. La esponja está pesada y saturada. Todos sabemos lo que sucede cuando las esponjas se saturan de agua; se convierten en artefactos ineficientes y mal olientes. Una esponja saturada ya no tiene la capacidad de absorber más líquido, y peor aun, desarrolla hongos.

Ahora mi deseo es exprimir esa esponja y empapar a mis lectores con todas aquellas gotitas que he podido absorber durante estos cuarenta años de vida. Aquel niño pequeño, callado y soñador que estuvo sentado en aquel pupitre tiene historias que contarte.

© 2010 Mauricio Jimenez