Meat:
Pot Roast- 12-1/2 pounds for 25 servings
Ground Beef- 7 Pounds for 25 Servings
Baked Ham- 10 pound Boneless Ham for 25 Servings.
Chicken- 6 Whole Chickens for 24 Servings
Turkey- A 15 pound Turkey will feed 25 people
Turkey Roll- 7 pounds of turkey roll for 25 people

Salads:
Fruit Salad- 2 quarts for 24 people
Potato Salad- 3 Quarts for 24 people
Vegetable Salad- 5 quarts for 25 people
Salad Dressing- 1 pint for 32 servings
(you may want more, cause this is only for 1 Tablespoon of dressing)

Vegetables:
Lettuce-4 heads for 24 people

Mashed Potatoes- 7 pounds of raw potatoes for 25 people
Baked Potatoes- 25 small potatoes for 25 people (approximately 10 pounds)

Pasta & Rice:
Long Grain Rice- 1-1/2 cups uncooked rice for 24 people.
Spaghetti or Noodles- 2-1/2 pounds uncooked pasta for 25 people.

Beverages:

Coffee-Use 1 pound of coffee for 50 8 ounce servings.
Tea- Use 1 cup of Tea Leaves for 50 8 ounce servings.
Cream for Coffee- 1 pint for 25 servings.
Milk to Drink- Use 1-1/2 gallons for 24 8 ounce servings.

Desserts:
Cake- A 15-1/2 x 10-1/2 x 1 inch sheet cake will feed 24 people
This is usually what is considered 1/2 a sheet.
Ice Cream- 3 quarts of Ice Cream for 24 people.
Pie- Five 9″ Pies will serve 30 People.
Whipped Cream- 1 pint for 25 people.
(however, this is for small dollops)
Canned Fruit- A Seven Pound Can for 24 people

Miscellaneous:

Butter-
1/2 pound butter for 32 people (1 pat each)
(you may want to go with 1 pound of butter to be more generous)
Juice- two 46 ounce cans for 23 4 ounce servings
(I would go with four 46 ounce cans for larger serving)
Potato Chips- 32 ounces for 25 people
French Bread-
Two 18″ inch Loaves for 24 servings

Aún recuerdas la cocina de tu infancia? ¿Quién no, verdad? Yo recuerdo bien la de mi casa y conservo muy gratos recuerdos de ella. Esa primera cocina es para mí fundamental para nuestro desarrollo humano en esta sociedad moderna. Fue en ella donde seguramente tus más gratos recuerdos fueron generándose, poco a poco y día a día. Apuesto que pasabas rutinariamente por ese espacio único y especial de tu casa para mirar lo que cocinaba tu mamá, y me puedo imaginar que te pegaban el mismo grito que a mí por dejar la nevera abierta o por no desechar a la basura el cuartillo de leche que había terminado.

Uno de mis más antiguos recuerdos fue una ocasión en que crucé el pasillo de mi condominio y me aventuré a visitar la cocina de mis vecinos, los Casalduc. Los recuerdo bien. En aquel momento tendría 3 ó 4 años de edad, apenas un piojito curioso.

“Esto es un pimiento morrón.” Así lo narraba la señora Casalduc, que ya estaba muy entrada en la tercera edad, dándome la espalda mientras abría una lata del mencionado vegetal. Y yo me encontraba sentadito, con mis brazos sobre la mesa, escuchando a la señora describir minuciosamente las propiedades maravillosas que poseían aquellos pimientos. ¡Dios mío, qué olores!, y qué fuerte y agradable sensación! Aquellos olores del sofrito, con el ajo y el cilantro, arropaban por completo la cocina de la viejita y combinaban con los sonidos banales de la cuchara cuando daba cantazos sobre el borde del caldero. Recuerdo que los olores, los sonidos y el reflejo de la luz sobre el rocío de la media mañana, creaba un verdadero kaleidoscopio de sensaciones para mí, un niño que apenas era un bebé glorificado que acababa de salir de las compotas. Y qué linda aquella señora que se tomaba la molestia de hablarme sobre algo que entonces yo no entendía pero que entre medio de todas aquellas experiencias sensoriales, me hizo continuar mi exploración de aquella cocina que para mí era una total incógnita.

El guiso que la señora preparó aquel día ya es historia y los Casalduc pasaron a mejor vida, pero aquel sencillo detalle de educar a un nino pequeño apenas en formación, caló profundo en mí. Su explicación no fue en vano, ni tampoco fue rechazado por oídos distraídos. Esa es parte de mi vida y de mi formación, tal como lo es la cocina para mí: la molécula esencial de mi razón de ser.

© 2010 Mauricio Jimenez / all rights reserved

Creo que todos en esta vida llevamos recuerdos de algún personaje inspirador, un héroe, esa persona que nos alumbra y gana nuestra genuina admiración. Ese es aquel personaje que nos traza el camino, aquel héroe que nos hacía emular sus pasos, pegar sus afiches en una pared o leer todos sus libros. En el campo culinario ese personaje podría ser una Julia Child, un Wolfang Puck o un Jacques Pepin, pero en mi caso este personaje fue “Chef Boyardee”. Y usted se preguntará, ¿Qué carajos tiene que ver Chef Boyardee en todo esto? Más aún, ¿Cómo se puede anexar la palabra «Chef Boyardee» con la palabra “inspiración” en la misma oración? La respuesta puede que sea muy simple pero ésta conlleva una historia.

A mi, como a cualquier otro hijo de vecino me gustaba comer bien desde niño, pero ese era un placer sólo reservado para aquellas ocasiones especiales cuando mis padres me llevaban a comer a un restauran. Mi madre no era devota de la iglesia de la buena mesa, pobrecita… y es que fue criada en la escuela de la noción que, cocinar y destapar un inodoro son la misma cosa.

Mis padres se separaron cuando yo apenas tenía 6 años y mi madre trabajaba a tiempo completo. Mi escuela era una de esas que no tenía comedor y por ende me tenían a son de papitas con refresco. Yo regresaba a mi casa “esmayao”, y mi madre? trabajando! Recuerdo que dejaba mis libros sobre la mesa y me aventuraba a la cocina. Al abrir la alacena ahí estaban; en formación perfecta y colocadas en secuencia, como una pintura de Andy Warhol: una hilera de latas con la cara de ese viejo cabrón; ¿y quién carajos se come esto? me preguntaba yo con el volumen de un murmullo. Mis opciones, pocas y repetitivas, eran tan placenteras como una enema de agua fria. Pero como dicen que la necesidad es la madre de la invención, me dediqué a explorar y experimentar con los comestibles que a mí me parecían ser frescos y seguros. Sin saberlo, así fuí marcando mis primeros pasos, esos que fueron emprendiendo mi travesía culinaria, o tal vez la puedas llamar una cruzada, una cruzada en contra de la comida en cilindros y las albóndigas misteriosas.

Ah! pero aquí le dejo un mensaje a Mr. Boyardee; por muchos años me tuviste como a Dustin Hoffman en Papillon y muchas veces me ví por el risco pa’ bajo, pero saqué valentía y te patié los huevos, agarré el abridor y lo arrojé al mar. Maldito viejo diabólico! No olvido tu crueldad porque me hiciste daño pero también me hiciste fuerte y sacaste lo mejor de mí. Pero quedarás olvidado, al lado de las “Chunky” y compartiendo celda con las “Prego” de pote, cogiendo polvo en aquel viejo y asqueroso anaquel de supermercado.